La muerte dejó de celebrarse porque comenzó a ser eso que había que ocultar, aquello que no debía ni mencionarse. También la vejez dejó de ser esa edad de la dignidad a la que se ha llegado después de tanta vida, de tanta sabiduría, y pasó a entenderse como una enfermedad mortal. Estas reflexiones prologan el volumen Cuentos populares de La madre Muerte (Siruela), un conjunto de 44 relatos recopilados del folclore de medio mundo -a través de transmisión oral, antiguas ediciones y traducciones inéditas- por Ana Cristina Herreros (León, 1965) acerca de “la muerte no como algo negativo, sino como parte de la vida”.
Tibetanos, cubanos, mexicanos, marroquíes, inuits, japoneses, árabes, chinos y bosquimanos además de españoles, son algunos de los pueblos en los que nacen estos relatos y que, según la autora, “miran de frente a la muerte”, y no como suele pasar en la mayoría de relatos actuales, indica, en los que “lo políticamente correcto” casi prohíbe que la muerte haga acto de presencia en las narraciones infantiles. La apuesta de Siruela por publicar “aquellos temas de los que nadie habla” de esta mujer le ha hecho merecedora del Premio Nacional al libro infantil y juvenil mejor editado del año, en 2009 y 2011, por Libros de monstruos españoles y Geografía mágica.
“Olvidamos que la muerte es nuestra realidad, nuestro futuro común, lo que nos iguala a todos en todo el mundo”, explica la autora sobre la voluntad que le ha movido a recopilar estas historias. Esta forma de vivir el inevitable destino de la existencia “con culpa, con horror” tiene “mucho que ver -según la autora- con el control que han ejercido las religiones sobre nuestras vidas, porque han hecho que la muerte dé miedo y el miedo es muy rentable”, opina quien es también conocida por su perfil de cuentacuentos bajo el seudónimo de Ana Griott, no sólo entre el público juvenil -para quien también es accesible esta obra-, sino entre los adultos que se reencuentran, a través de sus narraciones, con aquellas veladas de historias y acertijos que reunían a las familias y los viejos amigos.
Y es que, como apunta la escritora, antes de que la conciencia del pecado y la desconfianza dominará la actitud del hombre, los pueblos consideraban “la muerte como la Diosa Madre vinculada con la Tierra, el lugar de donde salíamos y al que volvíamos cuando nuestro tiempo había acabado”, era, insiste, “entender la muerte como algo necesario”, pues, no en vano, “nos alimentamos de cadáveres. Es el círculo de la vida”.
Estos axiomas recorren los relatos que conforman el libro que edita Siruela en su colección Las Tres Edades/ Biblioteca de Cuentos Populares y que, cuenta la autora, presentan a la parca como un personaje que actúa con justicia, se enamora, hace burla, es amiga y, al fin, nos permite descansar. Esta convivencia con la muerte “era mucho mayor antes, porque había tradiciones en torno a su celebración como el Día de los Difuntos, totalmente sustituido hoy por Halloween”. Un cambio de paradigma que nació, indica, “a partir del siglo XIX, con la Revolución Industrial, cuando la sociedad empieza a abandonar el campo y lo sustituyó por el asfalto donde nada germina”.
Los relatos universales, dice, nos devuelven “a los tiempos en los que el hombre tenía confianza en el otro, sin miedo”. No en vano, Ana Cristina Herreros resume lo estimulante de estas leyendas con una historia de principios de siglo: durante el estalinismo descubrieron que en un barracón de un gulag, los presos no morían. En esa nave, cuando sonaba el toque de queda y todo quedaba en silencio, una mujer se sentaba en su jergón y comenzaba a contar un cuento. Durante el relato, la gente que allí se hacinaba escapaba de su destino y vivía una nueva vida gracias, dice la autora, “a esos cuentos populares en los que la muerte no se oculta, se mira de frente sin miedo, sirven para vivir”.